jueves, 11 de julio de 2013

Recuerdos a la luz


Recorrimos la pequeña estación hasta llegar a la salida frente a la que estaba su coche; un jeep de un negro esmaltado. Subimos y la calefacción nos recibió amigable. El trayecto transcurrió en silencio.
La estación de trenes estaba en una pequeña ciudad, pero mi nuevo hogar me esperaba a unos treinta kilómetros de allí. Así que fueron pasando los pueblos y desvíos frente a nosotros. A travesamos una mediana comunidad de casas antiguas y escasos bloques de pisos nuevos, Sol comentó que cerca de esa calle se encontraba mi futuro instituto. Desde allí tomamos un desvío que al poco se convirtió en un accesible camino de tierra; que nos llevó hasta la casa que solían habitar en verano, y ahora sería su casa habitual.

Era cuatro veces más grande de lo que lo había sido mi chalet en la ciudad; con inmensos muros recubiertos de hiedra y pequeñas flores de colores a sus pies. Algunas ventanas tenían ornamentados barrotes cubriéndolas, o pequeños balcones de los que colgaban más flores.
El techo era de una antiquísima pizarra de color azabache, y pequeños trozos de esta reposaban por el suelo, que seguramente se habían ido desprendiendo con el paso de los años y el clima.

Tras pasamos la imponente entrada de forja y muros milenarios que nos daba paso a la residencia y los patios silvestres. No era de gran tamaño, pero si excesivo para mi.
El coche frenó frente a unas pequeñas escaleras que paraban en una labrada puerta de tejo, de la que colgaba una gastada aldaba.

Nos apeamos del coche y Ángel me ayudo con las maletas; mientras Sol abría la puerta de la casa y dejaba que la luz la inundase y se reflejase en los millones de cristales que pendían de la lámpara de araña que lucía el recibidor.
Dejé la maleta junto a la puerta para contemplar embelesada el derroche que se extendía a mi alrededor. Jamás me hubiese imaginado a Ana  viviendo en el interior de ese lugar, igual que no me imaginaba a mi; pero era lo único que me quedaba.

Me condujeron hasta el que sería mi cuarto. Una estancia amplia de colores claros, dado que estaba orientada hacia el norte y no era demasiado luminosa. Había una amplia cama y un tocador junto al armario.
Me dejaron para que me instalase en la habitación, e investigase los alrededores si me apetecía. Me dijeron que la cena era a las ocho en el comedor; que creo recordar estaba a mano izquierda desde el recibidor.

Una vez que hube colocado la ropa y todo lo que me había conseguido llevar de casa, tras la inesperada pelea con mi padre, salí de la casa y vagué por el patio.
Encontré una zona alejada en la que tan solo se escuchaba el canto de los pájaros y el rumor del aire entre las hojas. Bajo un gran Sauce había un banco de piedra con respaldo, donde me senté. Pasaron las horas sin que me diese cuenta, tenía la mente completamente en blanco; tan solo se veía interrumpida por los acogedores sonidos de la naturaleza. Aquello era un gran respiro para mi ya atormentada mente, con todos los sonidos y olores de la ciudad; allí podía relajarme y, realmente funcionaba pues desde que había llegado allí no había vuelto a suceder nada fuera de lo normal. Eso era un record, pues desde la muerte de Ana todo se había vuelto confuso y no podían pasar apenas unas horas sin que el pánico se apoderase de mi al reconocer algo totalmente imposible. 

Volví al interior de la casa cuando apenas quedaban unos minutos para las ocho; me orienté hasta el comedor y allí sentados ya a la mesa, me esperaban Sol y Ángel.
Me pareció verles suspirar, como si hubiesen temido que me pasase algo; pero fue algo que apenas duró unos segundos y calculadamente leve. A sí que no me costó creer que me lo había imaginado.

Tomé asiento en la mesa, y al poco un anciano vestido de traje entró en la sala portando una bandeja, que dejó reposar sobre la mesa. Cuando la destapó el olor a guiso se apoderó de toda la estancia, y mas tarde fue un delicioso bizcocho de naranja.

Durante la noche habían reinado las trivialidades entre los sonidos de la cubertería contra los platos. Pero en ese momento la conversación que tanto se estaba evitando surgió a la luz.

- Sandra; ¿Qué pasó aquella noche?- me preguntó Sol con toda la naturalidad del mundo, como si del tiempo se tratase. 
 

Dude si responder o no; pero finalmente cedí, dado que no tenía nada que esconder. Comencé a contar lo mismo que había contado al día siguiente ante la policía:

-      Habíamos salido de fiesta; estuvimos toda la noche juntas. También estaba Alberto, el novio de Alba. Pero la noche transcurrió con normalidad. Cuando salimos, Ana dijo que estaba un poco mareada; nos sentamos en un parque cercano. Pero al poco se levantó y dijo que tenía que volver a casa, que se estaba haciendo tarde. No comprendíamos que la pasaba, pero la acompañamos, aun que ella insistía en que estaba bien y que podíamos irnos tranquilos. La última vez que la vimos fue en el portal de casa; donde la vimos subir las escaleras.
Esa noche, ya entrada la madrugada recibí un mensaje suyo, diciendo que ya no podía más y que necesitaba mi ayuda;  que me buscaría.  Llamé preocupada a las demás pero ninguna me tomó demasiado enserio, y si lo hicieron no se preocuparon, pues estábamos acostumbradas a las bromas de Ana. Y.. bueno el resto de la historia ya la conoce. Vuestra llamada, la de la policía, el reconocimiento… - Mi voz era lo mas impersonal que podía ser; pues no era capaz de decir aquello y que no me afectase lo más mínimo.

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