Recorrimos la pequeña estación hasta llegar a la
salida frente a la que estaba su coche; un jeep de un negro esmaltado. Subimos
y la calefacción nos recibió amigable. El trayecto transcurrió en silencio.
La estación de trenes estaba en una pequeña ciudad,
pero mi nuevo hogar me esperaba a unos treinta kilómetros de allí. Así que
fueron pasando los pueblos y desvíos frente a nosotros. A travesamos una
mediana comunidad de casas antiguas y escasos bloques de pisos nuevos, Sol
comentó que cerca de esa calle se encontraba mi futuro instituto. Desde allí
tomamos un desvío que al poco se convirtió en un accesible camino de tierra; que
nos llevó hasta la casa que solían habitar en verano, y ahora sería su casa
habitual.
Era cuatro veces más grande de lo que lo había sido mi
chalet en la ciudad; con inmensos muros recubiertos de hiedra y pequeñas flores
de colores a sus pies. Algunas ventanas tenían ornamentados barrotes
cubriéndolas, o pequeños balcones de los que colgaban más flores.
El techo era de una antiquísima pizarra de color
azabache, y pequeños trozos de esta reposaban por el suelo, que seguramente se
habían ido desprendiendo con el paso de los años y el clima.
Tras pasamos la imponente entrada de forja y muros
milenarios que nos daba paso a la residencia y los patios silvestres. No era de
gran tamaño, pero si excesivo para mi.
El coche frenó frente a unas pequeñas escaleras que
paraban en una labrada puerta de tejo, de la que colgaba una gastada aldaba.
Nos apeamos del coche y Ángel me ayudo con las
maletas; mientras Sol abría la puerta de la casa y dejaba que la luz la
inundase y se reflejase en los millones de cristales que pendían de la lámpara
de araña que lucía el recibidor.
Dejé la maleta junto a la puerta para contemplar
embelesada el derroche que se extendía a mi alrededor. Jamás me hubiese
imaginado a Ana viviendo en el
interior de ese lugar, igual que no me imaginaba a mi; pero era lo único que me
quedaba.
Me condujeron hasta el que sería mi cuarto. Una
estancia amplia de colores claros, dado que estaba orientada hacia el norte y
no era demasiado luminosa. Había una amplia cama y un tocador junto al armario.
Me dejaron para que me instalase en la habitación, e
investigase los alrededores si me apetecía. Me dijeron que la cena era a las
ocho en el comedor; que creo recordar estaba a mano izquierda desde el
recibidor.
Una vez que hube colocado la ropa y todo lo que me
había conseguido llevar de casa, tras la inesperada pelea con mi padre, salí de
la casa y vagué por el patio.
Encontré una zona alejada en la que tan solo se
escuchaba el canto de los pájaros y el rumor del aire entre las hojas. Bajo un
gran Sauce había un banco de piedra con respaldo, donde me senté. Pasaron las
horas sin que me diese cuenta, tenía la mente completamente en blanco; tan solo
se veía interrumpida por los acogedores sonidos de la naturaleza. Aquello era
un gran respiro para mi ya atormentada mente, con todos los sonidos y olores de
la ciudad; allí podía relajarme y, realmente funcionaba pues desde que había
llegado allí no había vuelto a suceder nada fuera de lo normal. Eso era un
record, pues desde la muerte de Ana todo se había vuelto confuso y no podían
pasar apenas unas horas sin que el pánico se apoderase de mi al reconocer algo
totalmente imposible.
Volví al interior de la casa cuando apenas quedaban
unos minutos para las ocho; me orienté hasta el comedor y allí sentados ya a la
mesa, me esperaban Sol y Ángel.
Me pareció verles suspirar, como si hubiesen temido
que me pasase algo; pero fue algo que apenas duró unos segundos y
calculadamente leve. A sí que no me costó creer que me lo había imaginado.
Tomé asiento en la mesa, y al poco un anciano vestido
de traje entró en la sala portando una bandeja, que dejó reposar sobre la mesa.
Cuando la destapó el olor a guiso se apoderó de toda la estancia, y mas tarde
fue un delicioso bizcocho de naranja.
Durante la noche habían reinado las trivialidades
entre los sonidos de la cubertería contra los platos. Pero en ese momento la
conversación que tanto se estaba evitando surgió a la luz.
- Sandra; ¿Qué pasó aquella noche?- me preguntó Sol
con toda la naturalidad del mundo, como si del tiempo se tratase.
Dude si responder o no; pero finalmente cedí, dado que
no tenía nada que esconder. Comencé a contar lo mismo que había contado al día
siguiente ante la policía:
-
Habíamos salido de
fiesta; estuvimos toda la noche juntas. También estaba Alberto, el novio de
Alba. Pero la noche transcurrió con normalidad. Cuando salimos, Ana dijo que
estaba un poco mareada; nos sentamos en un parque cercano. Pero al poco se
levantó y dijo que tenía que volver a casa, que se estaba haciendo tarde. No comprendíamos
que la pasaba, pero la acompañamos, aun que ella insistía en que estaba bien y
que podíamos irnos tranquilos. La última vez que la vimos fue en el portal de
casa; donde la vimos subir las escaleras.
Esa noche, ya entrada la madrugada recibí un mensaje
suyo, diciendo que ya no podía más y que necesitaba mi ayuda; que me buscaría. Llamé preocupada a las demás pero ninguna
me tomó demasiado enserio, y si lo hicieron no se preocuparon, pues estábamos
acostumbradas a las bromas de Ana. Y.. bueno el resto de la historia ya la
conoce. Vuestra llamada, la de la policía, el reconocimiento… - Mi voz era lo
mas impersonal que podía ser; pues no era capaz de decir aquello y que no me
afectase lo más mínimo.
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